Real Madrid: Alarma roja, crisis abierta y un Bernabéu que ya no protege

El Real Madrid ha entrado oficialmente en territorio de máxima preocupación. La derrota frente al Manchester City (1‑2) no solo agrava una tendencia negativa que se ha asentado peligrosamente en el equipo de Xabi Alonso, sino que confirma que el regreso al Bernabéu, lejos de traer calma, ha intensificado la tormenta. El conjunto blanco, que antes del parón por la NFL exhibía una fortaleza imponente en su estadio, se ha topado ahora con una realidad inquietante: el coliseo blanco ya no intimida, ni protege, ni transforma partidos complicados en triunfos inevitables.

El balance reciente es claro y demoledor: dos victorias en los últimos ocho encuentros, una cifra impropia de un equipo construido para competir por todos los títulos. A esos triunfos aislados ante Olympiacos y Athletic se les oponen tres empates que saben a derrota (Rayo, Girona, Elche) y tres tropiezos de enorme impacto (Liverpool, Celta y Manchester City). Y lo más preocupante: el patrón de juego se empobrece, las sensaciones se diluyen y la confianza retrocede.

El Madrid ha perdido control, verticalidad, gol y, sobre todo, un estado de autoridad

Lo único que se mantiene es la capacidad de competir desde el corazón, pero el corazón sin claridad es insuficiente en la élite, especialmente ante un equipo tan afinado tácticamente como el de Guardiola.

La derrota ante el City, aunque no compromete matemáticamente la clasificación, sí obliga a caminar con extremo cuidado en las dos últimas jornadas de la liguilla. Mónaco y Benfica decidirán si el Madrid accede a cuartos o si, como ocurrió en 2020, un descenso de nivel en la fase de grupos acaba convirtiéndose en una condena.

Xabi Alonso, cada vez más presionado por las circunstancias, agotó todas las fórmulas tácticas a su alcance. Introdujo variantes constantes: Valverde como lateral, Rodrygo partiendo desde la derecha, Gonzalo en punta, alternancia de bloques medios y presiones agresivas. Después, en la segunda mitad, llegaron los ajustes: Güler para añadir pausa, Brahim para dinamizar, Endrick para forzar el área rival. El banquillo respondió, pero el plan no dio frutos. Se puede perder, pero no se puede perder identidad, y ahí está el mayor reto del entrenador vasco.

La ausencia de Mbappé, lesionado a última hora, condicionó un ataque que pierde el 60% de su amenaza sin el francés. Rodrygo, con un derechazo excelente, rompió una sequía de nueve meses, pero el resto del frente ofensivo volvió a quedar en evidencia: falta de acierto, imprecisiones en la toma de decisiones y escaso colmillo en los metros finales. Vinicius, especialmente señalado, naufragó otra vez en la elección del último pase, lo que generó murmullos evidentes en la grada.

Courtois, que evitó un resultado mayor con varias intervenciones soberbias, hizo autocrítica: «El 1-1 es fallo mío», admitió, antes de ponerse firme en defensa del grupo. «Hoy hemos demostrado que no somos un equipo muerto». El vestuario se alinea con Alonso, pero la sensación externa es que el equipo ha perdido automatismos, energía y una lectura eficaz de los partidos cerrados.

El City, más sólido que brillante, ejecutó un plan sencillo pero efectivo: abrir el campo, castigar por banda, buscar superioridades en los costados y aprovechar la movilidad de Bernardo y la contundencia aérea de Gvardiol y Haaland. O’Reilly, de sobresaliente actuación, simbolizó perfectamente cómo Guardiola detecta y explota grietas.

En la segunda parte, el Madrid se volcó con más coraje que orden. Bellingham asumió galones, Endrick rozó el gol con un cabezazo al larguero y Vinicius tuvo dos oportunidades claras. Pero el City resistió, redujo riesgos con cambios inteligentes y administró el ritmo con oficio.

El Bernabéu, tradicional motor emocional del Madrid, no fue suficiente esta vez

La segunda derrota consecutiva en casa certifica la pérdida de ese aura. Desde 2019 el Madrid no sufría tres tropiezos en su estadio en una misma temporada. La estadística golpea, pero las sensaciones golpean más: el equipo parece pesado, sin desborde, sin chispa, sin seguridad defensiva y con un desgaste mental perceptible.

El calendario se estrecha y el margen de error se evapora. Llega el Sevilla para cerrar el año, un duelo que puede definir la temperatura del proyecto. Xabi tiene el respaldo del vestuario, pero el Madrid es un club que mide su estabilidad por victorias, no por declaraciones.

La alarma roja no es un titular exagerado: es la descripción precisa de un equipo que necesita recuperar el pulso competitivo antes de que la temporada se le escape entre los dedos. El Madrid no solo debe reaccionar. Debe reencontrarse.

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