Opinión | La magdalena de Lamine Yamal a sus 18 años, por Javier Giraldo
La fiesta de cumpleaños de Lamine / INSTAGRAM En el documental que le dedicó Movistar+, Saúl Craviotto explica que para preparar una de sus competiciones, dedicó tanto tiempo y esfuerzo que a la hora de la verdad, no rindió como esperaba. Su mente se había bloqueado: no solo necesitaba un descanso, sino enfocar su profesión de otra manera. Preparó su siguiente reto con la misma profesionalidad, pero sabiendo elegir sus momentos de desconexión y dedicando más tiempo a la familia: su mente y su cuerpo respondieron a la perfección. Objetivo cumplido. El deporte de elite exige hoy unas pautas impensables hace unos años. Se controla al milímetro la alimentación, el descanso, el entrenamiento y el sueño. Se controlan mil factores físicos y psicológicos. La meta es lograr el mejor rendimiento posible. Es un objetivo encomiable, pero cada vez más deportistas se quedan por el camino. Todo viene a cuento a raíz de la fiesta más comentada de la historia reciente del barcelonismo, la de Lamine Yamal y su mayoría de edad. Cada barcelonista tendrá su opinión: es probable que muchos aficionados hubieran preferido una celebración discreta, ajena a las redes sociales, más propia de un cuarentón que de un adolescente, pero conviene contextualizar. Si uno cumple 18 años convertido en el jugador franquicia del Barça y de la selección española, campeón de Liga y Copa con su equipo, de Europa con su selección y aspirante a Balón de Oro, entra dentro de la lógica que celebre sus 18 años como lo que realmente es: algo que sucede una vez en la vida. Con Lamine puede ocurrir lo que le ocurrió a Craviotto: hay deportistas que necesitan un cierto margen, una cierta dosificación de sus rutinas profesoionales. Dicho de otra manera, desconectar de vez en cuando. Les ocurre a muchos: por ejemplo, los ciclistas que compiten en el Tour, la carrera más exigente del mundo. Sin ir más lejos, a Pogacar, el jersey amarillo. ¿Pasaría algo si el esloveno se come una magdalena de más en el desayuno antes de la etapa? Probablemente no. Más bien al revés: si el cuerpo y la mente le piden esa magdalena de más, bienvenida sea; por más que rompa los esquemas de su entrenador personal y de su nutricionista. Conocerse a sí mismo es uno de los grandes objetivos a los que debe aspirar un deportista: saber cuándo hay que hacer un esfuerzo extra, cuándo conviene vivir como un monje tibetano y cuándo conviene desconectar, como cuando Carlos Alcaraz pasa unos días en Ibiza. ¿Le convierte eso en peor deportista? ¿En peor persona? Confiemos en que Lamine sepa cuándo puede tomarse esa magdalena de más y cuándo no. Tiene tanto talento que sería una pena no disfrutarlo durante muchos, muchos años.
