Opinión | El Mundial de Clubes es una auténtica tortura, por Àlex Calaff

El Pachuca-Salzburgo, parado temporalmente por tormenta eléctrica / AP

La seguridad debe prevalecer por encima de cualquier espectáculo o cronómetro, siempre. Pero eso no quita que seguir este Mundial de Clubes se haya convertido en una auténtica tortura para los verdaderos amantes del fútbol. No basta solo con tener la posibilidad de trasnochar, dados los pésimos horarios del torneo en Europa -continente en el que, por cierto, se encuentran los mejores equipos del campeonato-; también hay que tener la capacidad de autoconvencerse de que, cuando aparecen las tormentas eléctricas que obligan a detener los partidos, vale la pena permanecer al menos 30 minutos frente al televisor como auténticos ‘bobos’. Evidentemente, sin nada que hacer durante la espera. Un paseo solitario a las 4 de la madrugada no apetece.

En un país donde todo parece estar bajo control, el cielo sigue mandando. El nuevo Mundial de Clubes en Estados Unidos depende de las nubes. Cuando pedíamos un torneo ‘eléctrico’, no nos referíamos precisamente a esto. La norma es clara: si un rayo impacta o hay señales de descarga eléctrica en un radio de 8 millas (unos 14 kilómetros) del estadio, el partido se suspende automáticamente. Los jugadores vuelven a vestuarios, las gradas se vacían al instante y empieza la cuenta atrás. A partir de ahí, toca esperar un mínimo de 30 minutos sin ver relámpagos ni escuchar truenos dentro de ese radio para reanudar el juego. Si cae otro rayo, el cronómetro vuelve a cero.

Una medida lógica, por supuesto. Pero Estados Unidos no es el lugar idóneo para albergar torneos de esta dimensión. Por lo menos, si se piensa en el deporte antes que en el negocio. Todo empezó con el Ulsan-Mamelodi, que dejó una imagen cómica: el estadio, con apenas 1.000 asistentes, estaba casi igual de vacío durante el transcurso del partido que cuando la meteorología obligó a detenerlo. Después, pasó en el Pachuca-Salzburgo y en el Benfica-Auckland. El choque entre portugueses y neozelandeses estuvo parado más de hora y media. También ocurrió en el Palmeiras-Al Ahly.

El último ha sido el Benfica-Chelsea, de octavos, a solo cinco minutos del final. Situaciones como estas desvirtúan el fútbol. Los cooling breaks ya van en contra de lo que siempre ha sido este deporte: uno de los pocos que no tiene tiempos muertos ni pausas, más allá de los 15 minutos del descanso. Si ya se utilizan las pausas de hidratación para dar instrucciones tácticas, imagínense lo que se puede corregir en media hora -o mucho más-. Por no hablar del ambiente, que se enfría de golpe y porrazo, y de lo desconectado que vuelve el jugador al campo.

El deporte no se entiende sin el público. Y ahora, muchos se encontrarán en la tesitura de decidir si realmente merece la pena acudir a ver un espectáculo que puede durar menos que los parones provocados por tormentas eléctricas. O si tiene sentido esperar una hora para presenciar los últimos cinco minutos de un partido que, probablemente, ya esté completamente sentenciado.

En el Mundial 2026 será peor. Estados Unidos también albergará el torneo de selecciones, que por primera vez desde su creación en 1930 tendrá 48 participantes. Eso significa muchos más partidos, más espectadores, más vuelos medidos al milímetro para desplazarse entre sedes… y menos margen para contratiempos. Simplemente, no podrá suceder. Y el tiempo, recordemos, es incontrolable.

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