Los 17 minutos de Kinsky en el Metropolitano

La historia del portero del Tottenham constata la presión del fútbol y el miedo a fallar, sintiendo la mirada de miles de personas tras sus errores en el campo

Antonin Kinsky, del Tottenham Hotspur, antes de ser sustituido en la Champions / AFP7 vía Europa Press

Para los tuercebotas, en edad escolar, poco dotados en habilidad, las clases de gimnasia eran un tormento. El peor momento sucedía cuando había que hacer ejercicios individuales ante toda la clase: volteretas, ruedas, pinos, y demás pruebas de agilidad que estaban fuera del alcance de los torpes. El profesor pronunciaba el nombre por estricto orden alfabético, y el tuercebotas se dirigía hacia el tatami, el potro, la colchoneta o la espaldera con el ánimo de quien se encamina al patíbulo: cabizbajo, corazón a mil, con la gracia del palo de una escoba vestido con ropa deportiva, dolorosamente consciente de las miradas de sus ¿compañeros? de clase, de los codazos, de las risitas, de las burlas. Lo peor no era la prueba; ni la escasa pericia; ni el aire resignado ante tanta torpeza del profesor; ni siquiera la nota, que solía ser de las más bajas del trimestre. Lo peor eran las miradas, los pares de ojos clavados en la nuca, la consciencia de que todo el mundo veía el espectáculo.

¿Qué debió de pensar, qué debió de sentir, Antonín Kinsky, el portero del Tottenham, cuando su entrenador lo cambió en el minuto 17 después de dos errores garrafales que acabaron en gol del Atlético de Madrid? Sobre él, miles de ojos en directo: los de sus compañeros de equipo, los de los espectadores en el estadio, los de los televidentes. Y después, millones en diferido: los de quienes han compartido en redes los vídeos de sus errores y su salida del Metropolitano, entre los aplausos (¿de pena? ¿de burla?) de la afición rival.

Reglas diferentes

¿Qué debió de pensar? El portero es una rara avis del fútbol. Juega con reglas diferentes, está separado del resto del equipo, observa el juego desde la distancia, donde los delanteros fallan oportunidades que no se convierten en goles, ellos son culpables porque sus errores acaban en gol. ‘El miedo del portero al penalti’ se titula un cuento del escritor austriaco Peter Handke que Wim Wenders convirtió en una película y en un lugar común en crónicas deportivas. El penalti, el mano a mano entre el portero y el chutador, es la versión moderna del duelo al sol del western. Para el portero no hay punto medio: o héroe o villano. Por este motivo suelen ser los jugadores más excéntricos del equipo.

¿Qué debió de sentir Antonín Kinsky? Suplente hasta ese partido de octavos de la Champions, a su entrenador le acusan de haber acabado con su carrera, una trayectoria de apenas 17 minutos en la élite. ¿Qué le dijeron sus compañeros en el descanso? ¿Habló con él su entrenador? ¿A quién llamó en la soledad del vestuario, mientras su equipo intentaba remontar el partido? ¿A Loris Karius, a quien una pésima final de Champions contra el Real Madrid le marcó para siempre? ¿O a Anatoliy Trubin, el guardameta del Benfica, protagonista de la otra historia alucinante de un portero en esta Champions, el portero que marcó el gol de la victoria de cabeza en el último minuto?

Todos hemos vivido alguna vez 17 minutos en el Metropolitano. «De sueño a pesadilla y a sueño otra vez», escribió, en tono de autoayuda, Kinsky en su Instagram. Acompaña la frase una foto suya arrodillado, tras encajar el tercer gol, en el minuto 15.04. Requiere coraje volver a ponerse los guantes, saltar al césped y dirigirse hacia el tatami, el potro, la colchoneta o la espaldera, corazón a mil, dolorosamente consciente de las miradas de decenas de miles de personas y el recuerdo de esos 17 minutos.

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