La vergüenza de África: el árbitro congoleño arruina la final con decisiones polémicas
La final entre Senegal y Marruecos pasará a la historia por los peores motivos. En un tramo final de partido completamente descontrolado, el combinado senegalés se retiró del campo, se anuló un gol en el descuento, se pitó un penalti muy polémico a favor de los locales, y hasta hubo peleas en la grada. Todo en apenas 22 minutos que sacudieron la credibilidad del torneo africano. La tensión alcanzó niveles insólitos.
El partido, que hasta el minuto 90 había transcurrido con cierta normalidad, estalló con el gol anulado a Seck por una falta leve sobre Achraf Hakimi. El árbitro congoleño Jean-Jacques Ndala fue el protagonista involuntario, primero invalidando el tanto, luego decretando un penalti inexistente sobre Brahim Díaz. Las imágenes del VAR no despejaron las dudas, pero el colegiado mantuvo su decisión, lo que provocó la airada reacción del técnico senegalés Pape Thiaw.
La retirada de Senegal fue tan inesperada como arriesgada. Durante quince minutos, el equipo se negó a seguir jugando. Solo la intervención del capitán Sadio Mané, que se mantuvo en el césped, consiguió hacer recapacitar a sus compañeros. Mientras tanto, las gradas se convertían en un campo de batalla entre hinchas y policía, generando una imagen lamentable para el torneo.
Un final de locura en la prórroga
Con el partido ya en la prórroga, Brahim falló el penalti que pudo darle el título a Marruecos. El disparo a lo Panenka fue detenido sin problemas por el portero senegalés Édouard Mendy. El castigo para los marroquíes llegó rápido: Pape Gueye marcó el 1-0 definitivo en el minuto 93 de la prórroga, desatando la euforia de un equipo que levantó su segunda Copa África.
Repercusiones y trifulcas postpartido
La tensión se trasladó a la sala de prensa. El seleccionador de Senegal evitó comparecer tras recibir abucheos y vivir una trifulca con periodistas locales. Desde la organización, se estudian ya posibles sanciones por el comportamiento de ambas delegaciones. Mientras tanto, la figura de Mané emerge como el único faro de sensatez en una noche para olvidar.
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