Joan García, otra perversión de una rivalidad histórica
El portero del Espanyol Joan García. / Andreu Dalmau / EFE No exagero si digo que Dani Solsona está entre los tres mejores jugadores de la historia del Espanyol. Era un metrónomo. Tenía un talento descomunal y manejaba el juego. Un Pedri de la época. Perico casi de cuna, Dani jamás ha escondido el proceso de su frustrada llegada al Barça, en el 78, con Núñez ya en la presidencia azulgrana. A Manuel Meler, entonces mandatario blanquiazul, le pusieron un cheque en blanco para el traspaso. Se negó en redondo. Pocos meses después, el Valencia se lo llevó por 30 millones de pesetas. Ganó tres títulos, junto a Marito Kempes. La frase de Meler, aún resuena en Sarriá… “Si Dani se va al Barça, los socios romperán los carnets”. Solsona, preguntado sobre si hubiera ido al Camp Nou, siempre desliza que él es del Espanyol pero negoció porque «era un profesional». Lo normal. Muy sencillo de entender. Cómo, por supuesto, se entiende la bronca del espanyolismo porque su portero, clave en el ascenso y la salvación, se vaya al eterno rival, aunque Joan García no sea perico de cuna – no parece -, ni una leyenda blanquiazul. Suma sólo 69 partidos en la élite. Solsona, más de 250 y ocho temporadas. Defiendo la rivalidad y debe haber enfado y cabreo con el enemigo. Pero hasta ahí. No podemos normalizar ni las amenazas ni la intimidación. No son defendibles ni en el caso Figo, donde el portugués engañó – dos veces – a la afición. Firmó un acuerdo privado con Florentino que negó en cada entrevista. A Joan pudo sobrarle la foto del beso, vale. Pero no engañó a nadie, miró por su futuro y jamás cerró, al menos públicamente, la puerta al Barça. Encima, dejará 25 kilos. Asumirá que le increpen duro en Cornellà. Eso es rivalidad. Todo lo demás es burdo fanatismo, bazofia y nido de violencia.
