Flick tiene que hacer de psicólogo, maestro y conductor de hombres, por Josep Maria Casanovas

Hansi Flick (segundo por la izquierda) durante el entrenamiento previo al Barça-Valencia de LaLiga 2025/26 / DANI BARBEITO

El decepcionante empate contra el Rayo casi está olvidado. Han pasado quince días y el parón liguero ha servido para “escampar la boira” y cambiar de chip. Las obras del Camp Nou, su problemático desarrollo y las promesas incumplidas, han acaparado el protagonismo. Sin embargo, hay una frase que todavía resuena en el subconsciente de los culés. Una declaración de Hansi Flick que, sin disparar las alarmas, si constituyó un toque de atención sonoro a la plantilla.

“Los egos matan el éxito”. Conviene no olvidarlo y tenerlo muy presente. Una frase que podría grabarse en las paredes del vestuario como un recordatorio diario. ¿Por qué se expresó con esta contundencia el técnico alemán cuando solo se habían disputado tres jornadas y el equipo está invicto?

Fue una llamada de atención a los jóvenes, una manera de marcar territorio, la confirmación de que el nivel de exigencia seguirá siendo máximo. La actitud y la entrega total son innegociables. Hansi ha sido futbolista y sabe de qué habla. Y como técnico ha vivido experiencias duras en el sentido de que la relajación es el peor enemigo de los futbolistas.

Hansi debe priorizar la gestión del vestuario, el control de los egos y las vainades

Esta noche veremos en el Johan Cruyff si aquellas palabras causaron el efecto deseado. Si quedan como una anécdota o siguen siendo motivo de polémica. Una cosa queda clara. El entrenador está en guardia y no dejará pasar ni una.

El primer año de Flick fue una sorpresa agradable ya que sacó el máximo rendimiento de una plantilla devaluada y desacreditada. Esta temporada será más difícil repetir el éxito y no se puede aflojar, el Madrid de Xabi Alonso es más temible, ya suma cuatro victorias consecutivas.

Ahora toca priorizar la gestión del vestuario, controlar los egos, no alimentar vanidades, encontrar el equilibrio para que jueguen como un equipo. Aquí centrará el foco el técnico alemán. Que no se rompa el buen rollo personal, que nadie se sienta menospreciado, que todos tengan oportunidades, que las jerarquías no creen desavenencias. No será fácil, tiene que aparecer el Flick psicólogo, maestro de jóvenes y conductor de hombres.

La aparición del fenómeno Lamine marca un antes y un después. Un trabajo extra para el entrenador. Su eclosión ha sido a una edad tan temprana que no es fácil de asimilar, ni para el propio jugador ni para sus compañeros.

Messi fue un caso distinto, explotó cuatro o cinco años más tarde, su progresión fue paulatina y el vestuario lo aceptó sin celos ni envidias. El salto a la fama de Lamine ha sido tan rápido y espectacular que conviene tratarlo con sentido común y mano izquierda para evitar agravios comparativos.

Es un crack pero no debe tener trato especial. A su alrededor, todo adquiere otra dimensión. Se fue a la selección con molestias y volvió con dolores. La polémica está servida. Flick está dolido, con razón, ya que no puede contar con él contra el Valencia. Con la salud no se juega.

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