En nombre del padre

Johan Cruyff cambio la historia del Barça y el barcelonismo / EFE

Mi padre se aficionó a la pelota y se hizo culé en los años cuarenta con el Barça de Josep Samitier. Creció con el de Ladislao Kubala, Helenio Herrera y Luis Suárez y se hizo mayor con los catorze anys sense una Lliga y la dictadura de Di Stéfano y el madridismo oficial. Murió demasiado pronto. No llegó a ver ni la liga de Venables y de l’Urruti, t’estimo! de 1985 ni el gol de Koeman y la Copa de Europa de Wembley de 1992. Se ahorró el fiasco de Sevilla y la tanda de penaltis de 1986, al menos.

Pero sí disfrutó la Liga de 1974 y el 0 a 5 en el Santiago Bernabéu de Johan Cruyff. Yo tenía once años recién cumplidos y nunca he olvidado el estallido de alegría con el que vivió aquella victoria, sus saltos y sus gritos en cada uno de los goles celebrados en la seguridad de hacerlo en la intimidad de casa y con la complicidad del vecino del piso de arriba. Con el tiempo, llegué a comprender aquel padre desconocido e insólito.

Hacía años que vivía su Barça con añoranza y resignación. La plenitud de las Cinco Copas de principios de los cincuenta se había convertido en su refugio, mientras que los palos cuadrados de la final de la Copa de Europa de Berna de 1961 eran un recuerdo amargo, como una maldición y una advertencia funesta que le conectaban con el presente. Porque eran esos años oscuros en los que las victorias y las derrotas del Barça no eran sólo resultados de fútbol.

Por eso, la generación de mi padre detenía a Johan Cruyff por la calle y le daba las gracias por aquella Liga y, más aún, por aquel 0 a 5 al Real Madrid inesperado y liberador que vivieron como una redención, casi, tal y como yo y como todos los niños de Catalunya que nos decíamos Jordi le agradecimos que inscribiera en el registro civil a su hijo, nacido unos días antes de aquel apoteósico triunfo, con el nombre de Johan Jordi, obligados como estábamos a vernos llamados Jorge en todos los papeles, desde el Libro de Familia a los carnés con las notas de la escuela. Gracias, Johan.

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