En defensa de Joan Garcia

Da igual si la afición ultrajada es la del Espanyol, la del Barça o la del Atlético de Madrid: nada justifica que te llamen rata en las calles de tu pueblo ni en las autopistas de las redes

Joan Garcia, avalado por el que ha sido su entrenador de porteros durante cuatro temporadas

Uno de los mejores titulares que he leído sobre el serial del fichaje de Joan Garcia por el Barça ha sido del Regió 7: “Un portero con la mejor defensa”. El artículo contaba la historia de cómo Sallent se blindaba para proteger a Garcia, justo cuando aparecieron pintadas ofensivas (traidor, rata) en el municipio contra él por su fichaje por el Barça. El Ayuntamiento se esmeró en borrar los insultos, y los vecinos se negaron a echar leña al fuego de la tóxica conversación alrededor del aún portero del Espanyol. Garcia jugó en el CE Sallent y el CE Manresa, y pasó por la Escola de Porters del Bages i el Berguedà. Es normal que en Sallent lo consideren uno de los suyos. 

No se recuerdan insultos a Garcia cuando pasó a la Damm ni cuando después fichó por el Espanyol. Tampoco los habría habido si, en lugar de firmar por el Barça, Garcia hubiese decidido emigrar a la Premier League. Al contrario, habría sido un héroe para el espanyolismo, ya que, después de haber sido este año decisivo para salvar la categoría, su marcha habría dejado veinticinco millones que el club necesita como el aire que respira. Si se confirma su fichaje por el Barça, Joan Laporta también pasará por caja, pero el dinero no compensará el disgusto. 

Oleada de odio

Escribo «disgusto», pero probablemente debería usar palabras más fuertes. El fichaje de Garcia por el Barça ha generado una oleada de odio en redes (nada nuevo, por desgracia) y esas pintadas amenazadoras en su pueblo. Cuando se confirme su paso al Barça, será mucho peor, porque los violentos reciben más atención y los insultos más difusión que los sensatos y las buenas palabras. Chapotearemos en un lodazal de odio, y sus visitas a Cornellà serán similares a las de Courtois al Metropolitano con la camiseta del Real Madrid. O peores. 

No quiero generalizar con la afición del Espanyol. No está sucediendo nada que no ocurra en otros equipos, con otros fichajes, con otros jugadores. Sin ir muy lejos, la afición del Barça dejó para la historia negra del deporte el cochinillo de Figo, de actitudes impresentables el fútbol está lleno. Los colores, la bufanda, lo esconden y lo disculpan todo y, de la misma forma que tantos años después se justifica lo que sucedió con el portugués (engañó a la afición, las famosas entrevistas, en realidad él no quería irse…), hoy hay quien defiende a quienes, desde el anonimato de las redes, insultan, amenazan e intentan amedrentar a quien hasta hace unos días era su ídolo. 

El despecho

El despecho, en fútbol, es un motor emocional casi tan fuerte como el amor a los propios colores. La rivalidad entre Barça y Espanyol hace mucho tiempo que dejó de ser deportiva, puesto que la distancia entre los dos equipos impide que haya una competencia real más allá de los enfrentamientos directos. No ayuda que los jugadores (canteranos) del Barça entonen cánticos denigrantes, ni el “barcelonismo sociológico” que cualquier club deportivo que no sea el Barça sufre en Catalunya, y que puede ser asfixiante si no se luce la camiseta azulgrana. Del otro lado, no es de recibo que no se puedan celebrar títulos sin miedo a ser agredido por hinchas descontrolados. 

Como no es deportiva, la rivalidad del derbi se alimenta de cierta frivolidad faltona (la polémica es la salsa del fútbol, el Espanyol no es un equipo de Barcelona, el Barça es dinero y poco más, qué divertido es vacilar al adversario, cómo mola que el Espanyol baje a Segunda y que al Barça le pinten la cara en Europa, etcétera), de asuntos que nada tienen que ver con el fútbol y del odio que destila el ejército sospechoso habitual de trolls y cuentas anónimas que secuestran la conversación en redes. Y como no es deportiva, en asuntos como el de Joan Garcia bien haríamos todos en bajar el suflé y no justificar la violencia de los odiadores. 

Porque Joan Garcia, antes que del Espanyol o del Barça, es un chaval de Sallent que ya desde niño era un gran portero, que ha dado todo por los equipos en los que ha jugado y que ahora va a tomar una decisión trascendental para su carrera. Da igual si la afición ultrajada es la del Espanyol, la del Barça o la del Atlético de Madrid: nada justifica llamar rata a un jugador en las calles de su pueblo ni en las autopistas de las redes. Basta ya de violencia en el fútbol. 

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