Del recuerdo al anhelo: el Racing frente al espejo de aquel ascenso del ’93
Hace ya más de tres décadas, pero sigue vivo en la memoria colectiva del racinguismo. Aquel martes 29 de junio de 1993, los Campos de Sport de El Sardinero fueron testigos de una de las noches más memorables de su historia: el Racing de Paquito ascendía a Primera División tras imponerse al Espanyol en una promoción de infarto. Hoy, 32 años después, el club cántabro vuelve a soñar con el regreso a la élite. Y lo hace, como entonces, con una ciudad empujando y un equipo que ha aprendido a creer.
La comparación es inevitable. En aquel curso, el Racing también cerró una temporada regular brillante, aunque sin el premio del ascenso directo. Le tocó sufrir. Pelear. Ganarse el puesto en un doble duelo donde cada minuto se vivió con el corazón en la garganta.
Cuatro partidos para volver a tocar el cielo
El Racing encara ahora un cierre de temporada que puede marcar una era. El playoff es el último obstáculo de un camino que ha tenido altibajos, pero que nunca perdió el rumbo. Con una temporada de altibajos, pero dejando buena imagen en e último partido de la fase regular de la liga, la sensación en Santander es clara: este equipo puede.
Lo fue en el 93, con Ceballos, Setién, Sabou y compañía. Lo es ahora, con Iñigo Vicente, Mario García y una afición que sigue llenando El Sardinero como entonces. En aquel tiempo, la promoción de ascenso lo dejó todo en manos de una eliminatoria dramática ante el Espanyol. Hoy, la esperanza se centra en que los errores del pasado inmediato —como el empate frente al Oviedo— no pesen más de lo debido.
Un paralelismo emocional
Muchos de los protagonistas de aquel ascenso de 1993 coinciden en que la clave fue el empuje de la grada y la convicción del vestuario. “Había más entusiasmo en la grada que en el propio vestuario. Nos tocó sufrir, pero bendito sufrimiento”, recordaba recientemente Manuel Cantudo. La frase podría aplicarse, palabra por palabra, al presente. Porque si algo ha demostrado el Racing 2024/25 es que sabe sufrir, competir y levantarse. Y que la conexión con su afición sigue siendo su mayor patrimonio.
El Sardinero ya ha vivido tardes de gloria. Las vivió con Paquito en el banquillo, con Sabou llevando el peso ofensivo y con Pineda firmando el gol clave en aquella eliminatoria. Ahora las vive con José Alberto como guía de un grupo joven, con talento y, sobre todo, con hambre.
La plantilla lo sabe. El cuerpo técnico también. Y los más veteranos del lugar lo sienten en el ambiente. La ciudad se está empezando a preparar. No es junio del 93. No hay fondos de pie, ni entradas físicas en las taquillas. Pero la ilusión es la misma. Porque el racinguismo, cuando huele a ascenso, se transforma.
El legado sigue vivo
En un rincón de la memoria colectiva permanece el rugido de los más de 25.000 aficionados que llenaron El Sardinero aquella noche. Las bufandas al viento, los cánticos, la tensión, la explosión final. Aquel baño en la fuente de Mesones. La plaza del Ayuntamiento colapsada. Aquel ascenso no fue solo un logro deportivo, fue un símbolo de regreso, de orgullo y de identidad.
Hoy, más de 30 años después, el Racing está otra vez a las puertas. No sabemos si lo logrará por la vía directa o si deberá pasar por la exigencia del playoff. Pero lo que está claro es que, pase lo que pase, la historia sigue escribiéndose.
Y como entonces, hay un club, una afición y una ciudad que ya están preparados para vivir —de nuevo— una noche inolvidable.
