Con nombres propios
Con un tercio del campeonato ya completado, y con el equipo asomando la cabeza a la superficie, después de un inicio ciertamente preocupante, y que alentó las previsiones más pesimistas en mucho tiempo, es llegado, tal vez, el momento de detenerse e incidir en algunas cuestiones, que han tenido notable relevancia en este irregular y algo desconcertante comienzo.
Hace escasamente unas semanas, unas pocas tan sólo, la camisa no nos llegaba al cuerpo, tal era el grado de preocupación que reinaba en torno al equipo y su futuro, a tal punto, que muchas de las esperanzas de recuperación se cifraban en la aparición de un futbolista como Yangel Herrera, con un perfil muy concreto, con un preocupante historial de lesiones, y que aún no había debutado con la Real. Ese era el panorama que se dibujaba, más próximo a la desesperación que a la esperanza propiamente dicha. Pues bien, unos pocos partidos después, unos pocos tan sólo, el equipo de Sergio Francisco ha logrado enderezar el rumbo, siquiera parcialmente, a la espera de confirmar esa recuperación en los próximos compromisos. Y lo ha hecho sin el concurso de Yangel, pero con la aportación estelar de algunos nombre propios, que convendría no olvidar, especialmente en un contexto en el que la mayor parte de de los futbolistas de este plantel han rendido por debajo de su nivel estándar. El primero de ellos ha sido, claro está, el capitán Oyarzabal, líder indiscutible de este grupo, y faro permanente en la navegación de este equipo. Otro sería Ander Barrenetxea, “el chico maravilla”, capaz de acciones inverosímiles., pero que, carente de la continuidad necesaria, aparecía y desaparecía de la escena, para desesperación del personal. Y, finalmente, y no por ello el menos importante, Jon Gorrotxategi, el hombre que asumió la responsabilidad de tomar el relevo a Zubimendi, y a hacerlo desde ya. Estos tres nombres propios encarnan perfectamente el espíritu de regeneración que debe alimentar a un equipo en fase de construcción.
Esto ya me suena más
Una de las señas de identidad que con mayor impacto distinguió a la Real Sociedad del último quinquenio, la Real de Imanol, fue, sin duda, su capacidad para gobernar los partidos, sin importar cuál fuera el rival. Dicho de otra manera, la facultad de conseguir que se jugara a lo que ella quería. Recuerdo alguna temporada en la que, excepción hecha del Barcelona, que juega como juega, el resto de los contendientes fueron sometidos por la Real en muchos de los parámetros que miden la lectura de un partido. Y eso se había perdido. La Real parecía un equipo más, sin que nadie acertara a saber por dónde te iba a salir en el siguiente compromiso. Es por eso que el partido de El Sadar me agradó tanto, porque reconocí a una Real que parecía desparecida.
No quiero engañarme, y debo tener en cuenta las circunstancias del rival, pero, no obstante, me dio la impresión de que esa Real gobernadora de los tiempos del partido, volvía a asomar. Con un Gorrotxategi impactante, porque todo lo que hace tiene impacto, al mando de las operaciones, la Real ordenó, mandó y sometió a Osasuna, como en los viejos tiempos. Las notas de esta melodía comienzan a sonarme; vamos a ver si encontramos la letra que encaje convenientemente en la partitura.
Sobrevivir en Segunda
No lo está haciendo nada mal el Sanse de Jon Ansotegi en la Segunda División, una categoría particularmente dura, y donde los filiales suelen sufrir su bisoñez ante equipos plagados de veteranos de mil batallas. El filial realista, después de 15 jornadas suma 3 puntos más que el Sanse de Xabi Alonso en la 2021-22, y está mostrando una fortaleza, especialmente en casa, que le permite sobrevivir dignamente en la Segunda.
De la necesidad virtud
En la Real Sociedad el problema del gol no tiene nada que ver con su nutrida relación de especialistas, léase Oskarsson, Karrikaburu, Sadiq, ya que, aparentemente tal problema no debería existir. Pero lo cierto es que el problema es real, y como suele suceder en estos casos, la necesidad obliga a buscar alternativas, léase Oyarzabal, Barrenetxea, Guedes… Esa es la virtud de un grupo, su capacidad de mutar al servicio del equipo.
